La publicidad. Ese perro fiel que nos acompaña a todos sitios a modo de sutil camino de espinas. En plena implantación depredadora de la globalización, hoy en día es más sencillo encontrar un cartel publicitario en el más recóndito lugar del globo que población civilizada. Véase Egipto, salpicado por carteles de grandes multinacionales vendiéndole a sus ciudadanos desarrollo a 4 pesetas el duro; o Etiopía, país olvidado –entre muchos otros- del mundo sumido en la más descarnada miseria que cuenta con su propia sucursal de McDonald’s. Dios le da carne al que no tiene dientes (ni pan).
Pero en fin, milongas paternalistas aparte, lo que venía a decir antes de que se me fuera el santo al cielo es que la publicidad se ha convertido contra todo pronóstico en el programa más visto de la televisión. En una necesidad de primer orden. Nos gusta que nos rieguen el cerebro de artilugios tan innovadores como innecesarios. Pero cada cual tiene sus vicios. Que cada perro se lama su cipote.
Pero ni siquiera se trata ya de eso. En pleno siglo de la libertad de expresión, del todo vale y todo es legítimo si hay intelectualidad de por medio, la publicidad se ha convertido en algo más. Ha subido un peldaño que la sitúa en el pedestal de lo incuestionable.
Prueba de la imperante degradación en la que este artilugio nos tiene sumidos es la batalla competitiva por saturar nuestros hogares de paja. De cables internautas que nos conecten con el resto del mundo, por ejemplo. Ahí tienes al gigante de Telefónica que lo mismo te conecta Internet al increíble precio de 40 euros al mes (40×12=480 euros/año = GANGA) que te hace la oferta de los Días Felices y, Eureka, te toca el Perrito Piloto. Metiéndole el dedo en el ojo, en la parte izquierda del tatami y con un peso neto de miles de kilos de pasta al año (y no precisamente Pasta Gallo), Wanadoo, Jazztel o Periko el de los palotes, que para el caso es igual de efectivo en tales menesteres. Aunque he de reconocer que mi favorito es Ono (que, por cierto, patrocina esta conexión). Con un nombre capicúa, no podía ser nada bueno. Basta echar un vistazo a su publicidad para descubrir la más irritante y facilona de las dialécticas. “Porque Ono es como las cosas buenas”. El tono sospechoso de la voz del interlocutor lo dice todo. Demagogia de todo a 100.
Aunque si de demagogia va el asunto, acércate a la nevera, saca una coca-cola y sigue leyendo mientras bebes agua bendita del paraíso. Tal elixir es, al parecer, la sangre de los dioses, la lluvia que riega los campos más fértiles, el rocío en la manzana madura… la sonrisa de un niño. Es, en pocas palabras, la fórmula de la felicidad (lástima que la fórmula de la coca-cola se desconozca). Para nada pudre las tripas o desatasca tuberías. Palabra de ama de casa.
Los hay, en otro orden de cosas, con guasa. Destaca el reino animal (no confundir con fauna, que ésa está presente en muchos más anuncios): lo mismo te encuentras a un langostino coqueto que te pide que lo lleves a casa –“sheváme a casa, pive”, te dice el pequeño cabrón- que te topas de morros con Rizo, ese consejero de acento argentino que a todas las tiene locas y que aunque no está nada seguro de su trabajo, vende seguros.
Ni que decir sobre la teletienda y su pseudo-realidad, que remite a un mundo tan diferente que parece gestada en Marte. Y hablando de Marte, ahí tienes a la moza que dice venir del futuro (concretamente, y por las pintas, de donde parece venir es de otra galaxia) a traerte Neutrex para que la ropa brille como la nieve del Himalaya. Ya que estabas, chata, me podrías haber traído mejor el remedio contra el cáncer.
Dejando a un lado galaxias lejanas donde lavan que te meas, la cosa va incluso más allá. El gabinete publicitario de emisarios oscuros –aunque trajeados- que se dispone en torno a la mesa redonda de dónde salen las ideas más brillantes no quiere defraudar. Con todo, he de admitir que lo consiguen y que algunos anuncios, por estúpidos, se tienen ganado mi desprecio más profundo. Y lo malo es que me faltan dedos en las manos para contarlos. Entre ellos, ejemplos preclaros de negligencia innata son el de la madre que le lleva a su hijo el saco de dormir al campamento y, ni corta ni perezosa, concluye: “Y ahora me voy. No seré yo quien le estropee las vacaciones”. Un aplauso para esa respetable señora que fomenta la estupidez y alienta el desprecio de los hijos hacia los padres. Claro que sí. Y qué decir sobre las simpáticas muchachas que pasan de ir a la fiesta, tronca, porque tienen un grano como la cabeza de un ajo. Mucho mejor incitar a los chavales de 15 años con granos –que son casi todos- a postrarse en un rincón oscuro de su habitación por tener imperfecciones en la cara y ser tan hijos de puta. Aunque en realidad los hijos de puta sean quienes deforman la realidad más natural para llenarse el bolsillo de dinero sucio. El fin, una vez más, justifica los medios.
Hace falta sólo un dato: Islandia, por sorprendente que pueda parecer, es el país con el índice más alto de felicidad del mundo. ¿La principal razón? Su esfuerzo por criar niños sanos y felices sean cuales sean las circunstancias. Y luego nos preguntamos en qué fallamos.